miércoles, 29 de marzo de 2017

Mirror

Todo empezó cuando el genial payaso barcelonés, Charlie Rivel (nombre artístico en homenaje a Charlie Chaplin) hijo de un catalán y de una francesa, una noche…
Entró en la pista del circo y aún no había empezado su actuación cuando un niño empezó a llorar desesperadamente (probablemente era la primera vez que veía a un payaso). Charlie no podía empezar su actuación pues el público estaba más pendiente del escandaloso llanto del niño que del payaso. Se acercó cautamente hacia el niño para hacerle una caricia e intentar calmarlo, pero el efecto fue el contrario y el niño empezó a llorar aún con más fuerza entre las risas, medio divertidas medio enternecidas, del público adulto. Rivel, profundamente conocedor de la psicología infantil, se retiró hacia el centro de la pista y empezó también a llorar, desconsoladamente, solidariamente. Con eso bastó. El niño se calló en el acto, con unos ojos abiertos, enormes por la sorpresa de haber descubierto que aquel ser rojo y amenazador se sabía expresar también con su mismo lenguaje tan transparente y directo, el llanto. Rivel continuó llorando y cuando, todavía lloroso, se volvió a acercar hacia el niño, ya totalmente calmado y mirándolo electrizado, la criatura se sacó el chupete de la boca y se lo dio a Charlie, en un acto de solidaridad. El llanto de Rivel igualmente cesó y el público arrancó en aplausos ante aquella tierna e incrieble escena. El payaso aceptó el ofrecimiento del niño y, hoy, aquel chupete histórico se conserva en las vitrinas del Museo Charlie Rivel de Cubelles, su ciudad natal.

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